sábado, 31 de marzo de 2012

Una mañana que revela

Poco a poco tomo conciencia del mundo exterior. Estoy acurrucada entre las sábanas, con el edredón protegiéndome del frío y con mi cabeza sobre una blanda almohada blanca. Poco a poco abro los ojos y me veo rodeada por las cientos de sonrisas que cuelgan en los pósteres de mi cuarto, algunas de ellas famosas en el mundo entero y otras más modestas, sólo valorables a unos pocos. Miro mi reloj-despertador rojo sangre y caigo en la cuenta de que voy a llegar tarde. Así que ni me molesto en salir de la cama. Si voy a llegar tarde e interrumpir a mi "querido" profesor de lengua a mitad de una explicación, prefiero disfrutar un poco más de la seguridad de mi refugio y llegar a la hora siguiente al instituto. Pero por desgracia el hambre apremia y me tengo que levantar a desayunar. Así que salgo de la cama, me pongo las zapatillas, hago una parada en el baño y ataco el frigorífico. Con una manzana en la boca y una rebanada de pan de molde en la tostadora, leo la nota que me ha dejado mi madre sobre la encimera: "Haz la cama y no llegues tarde. Besos, mamá" Y con esta simple nota me doy cuenta de todo lo que significa mi madre para mí. Y con esa simple nota descubro cuánto la quiero y cuán necesaria es para mí.

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