Hace tiempo que pensaba en plantar un limonero en mi jardín. Siempre creí que le daría el toque que le faltaba un árbolito que tuviera su sombra. Un jardín sólo de flores, pues no era un jardín completo. Así que un día fui al vivero y me lo llevé en su maceta. Y ese mismo día lo trasplanté, casi en el centro de mi modesto jardín.
Ya han pasado más de veinte años y ahí sigue, más hermoso que nunca. Desde luego las cosas han cambiado a más no poder desde entonces, pero cada vez que me siento abrumada, trabajo en mi jardín y me tumbo bajo la suave sombra del que ya hace tiempo que considero mi árbol. Y allí tumbada pienso que mi vida ha estado llena de grandes momentos e importantes decisiones, y que todos mis pensamientos han pasado por aquel mismo árbol. Y así me relajo y me doy cuenta de que he vivido bien. Mucho mejor de lo esperado.
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